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viernes, 23 de enero de 2015

Cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón

¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida, ¿quién la volvió a levantar otras tantas?
Quienes edificaron la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?
(…)
El joven Alejandro conquistó la India. ¿El sólo?
César venció a los galos. ¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida. ¿Nadie lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años. ¿Quién ganó también?
Un triunfo en cada página. ¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años. ¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas.
“Preguntas de un obrero que lee”, Bertolt Brecht.

La ciudad duerme y las luces se encienden. La noche es un nuevo mundo que se abre cada día. Letreros luminosos, bambalinas, puertas de bronce. Adoquines legendarios donde pisan las estrellas, los protagonistas, las caras visibles de las grandes obras. Señoras paquetonas de peinados con mucho spray y los pibes que buscan refugio en el arte. Colas, autos, bocinas. El obelisco de fondo completa un paisaje casi de postal, si no fuera por los mendigos que buscan la moneda para el pan. Cuando la ciudad duerme, se enciende la calle corrientes.

-          ¿Sabes qué, Laucha? A veces pienso si en vez de estar acá arriba, viste, estuviéramos ahí abajo en esas tablas de madera… todo oscuro… ¡Imaginate! ¿lo ves? ¡¿lo ves!? La gente mirándonos con los ojos así de grandes… ¡Así! ¡Mirá!
-          ¡Pará, huevón! ¡Qué me tocá’ así lo’ ojo’! dejá de decir boludece’, queré…
-          No, ¡Lauchita!, es un sueño que yo tengo siempre ¿sabés?
-          ¿Un sueño de qué? ¿De qué me habla’ vo’? 
-          ¡Un sueño, Laucha! ¿Vos nunca soñás antes de dormir? Con los ojos abiertos digo, no los sueños de cuando se duerme. Cuando volvemos y ya es de día. O acá mismo, cuando ponemos los fierros. Soñar… ¡soñar, Laucha! Soñar es…
-          A vece’ me imagino a la Ester en la ducha…
-          ¡Pero no digo eso, che! ¡Los sueños que lo hacen a uno sentirse libre!
-          Yo ahí me siento libre, porque si me pesca la Laura, ¡mamita!
-          Hay que imaginar, Laucha, vos escuchame a mí, che. Yo siento que sin ilusión no tengo nada, no quiero pensar en estar toda la vida subido a esta escalera, conectando cables, poniendo fierros…
-          Y bueno, qué queré’ vo’... ¡es lo que hay! ¡no queda tiempo de pensar!
-          ¿Pero vos pensaste alguna vez…?
-          No tengo tiempo de pensar.
-          Pensaste que acá arriba este cartel luminoso va a brillar todas las noches siguientes, harmosos. Desde los autos caros lo van a mirar, les va a sorprender, van a creer que están en la ciudad del progreso, como esas fotos que muestran de las grandes ciudades…
-          Sí, esa’ la’ vi, ¿y?
-          ¿Bueno y quién se acuerda de nosotros que laburamos toda la noche para colgarlo? ¿Quién nos juna, Laucha?
-          Nadie, Vitor.
-          ¡Y por eso!
-          ¿Por eso qué?
-          ¡Uh, Laucha! ¡Sos duro, eh! ¡Que tendríamos que ser actores nosotros dos!
-          ¿Te volviste loco, Vitor? Yo sólo puedo actuarle a la Laura cuando…
-          “Victor y el Laucha, los locos de los techos” con letras bien grandes…
-          ¡El burro adelante pa’ que no espante!
-          ¡Que harmoso, Laucha! Una comedia… con chicas pomposas, todas así bien carnosas…
-          Uhm…
-          ¡O un drama! Y hacemos llorar a las minas hasta que se les arruine todo el reboque de la cara… ¡Ahí sí que nos prestarían atención, Laucha!
-          ¿Quiene’?
-          ¡La gente, Laucha!
-          Pero ganaríamo’ do’ peso’, Vitor, sabe’ qué, la Laura…
-          ¡¿Qué importa eso?! ¡Nos buscamos una changuita más! Además los actores de la tele, se ve que se dan la gran vida…
-          Qué vivo, vo’ no va’ a poder llegar a la tele…
-          ¿Qué sabés? Igual yo hablaba de otra cosa
-          ¿De qué cosa?
-          ¡Uy, Dios!
-          Que aunque estemos acá, trabajando para el patrón, hay que desear otra cosa, hacer algo que no guste más, cumplir un sueño…
-          ¿Y para qué, si igual seguimo’ acá?
-          Porque Laucha, no entendés, si empezás por pensarlo, eso te da libertad en la capocha… Y cuanta más libertad en la capocha, ¡más libres somos como personas! ¡Ahí está lo resolví!
-          ¿Qué resolviste?
-          Lo que estuve pensando estos días
-          ¿Y qué pensaste?
-          ¡Dale, Laucha! ¡Cortala de ser tan boludo, querés! ¿No te das cuenta que así no somos libres? No podemos viajar a donde quisiéramos, pasamos toda la noche acá mientras nuestras mujeres y los pibes duermen, y cuando ellos se despiertan nosotros tenemos que dormir, y todo el esfuerzo para igual llegar con lo justo a fin de mes, nunca poder ir al cine, al teatro, a ver fútbol, todos los días uno igual al otro, ¿para qué, Laucha? Si toda la plata se la lleva él. A nosotros nos deja el cansancio, las manos cortadas, los músculos de la gamba doloridos de estar acá arriba… y siempre la angustia de sentirse un pobre más…
-          Puede ser, Vitor, puede ser que tenga’ razón, nunca lo había pensado así…
-          Vení, Lauchita, no pongas esa cara, ¡dame un abrazo!
-          Ey, salí vo’…
-          Dale, Laucha querida, que si nosotros no nos queremos laburando acá tantas horas, nos comen los de afuera, como dice el refrán… ¿cómo era?
-          No sé
-          Bueno, no importa, ¡escuchate cómo canto este tema de los Redondos que me encanta! ¡Canta conmigo, Laucha! ¡Que nos escuchen hasta abajo!
-          ¡Alta banda esa! ¡Bien ahí, Vitor!
-          Banderas en tu corazón,
yo quiero verlas!
ondeando, luzca el sol o no
Banderas rojas! Banderas negras!
de lienzo blanco en tu corazón…
Esperando allí nomás,
en el camino,
la bella señora está desencarnada.
Cuando la noche es más oscura
se viene el día en tu corazón… 
Yo sé que no puedo darte
algo más que un par de promesas...
ticks de la revolución
implacable rocanrol
y un par de sienes ardientes
que son todo el tesoro.