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viernes, 10 de julio de 2009

Color blanco imposible

Hoy tan cansada de la rutina, de las preocupaciones reales e inventadas. Tan cansada de provocar problemas a causa de mis pensamientos escurridizos e incesantes (rebuscados), he tomado una gran decisión inédita: Dejar de pensar. Pensar en nada. Y yo, la más imposibilitada de todas para blanquear mi mente por un rato, voy a lograrlo. Seguiré los pasos precisos hasta conseguir lo que ya ha dejado de ser imposible.

El primer paso será vaciar mi habitación, hasta de mi hermano enfermo de anginas. No deben quedar rastros, ni recuerdos. La pintaré de blanco, toda, incluso el suelo.

Próximo paso, tomaré una ducha y, por cada gota que caiga, un pensamiento se me irá por la rejilla. Al terminar, recolectaré todos los rollos de papel higiénico que encuentre. Me enrollaré todo el cuerpo, cual momia en el antiguo Egipto, pero manteniendo cierta movilidad.

Por último, vuelvo a mi habitación, abro la ventana y me desparramo por el piso hasta camuflarme con sus paredes, hasta ser las dos tan inexistentes, vacías y blancas como insulsas palomas en una plaza abandonada.

Todo está listo y se siente encantador. Trato de recordar algo, pero no quedan recuerdos en mí. Sólo creo escuchar una voz llamándome por un nombre que no logro distinguir. No pienso nada. No soy nada. Sólo un cuerpo exagerado de sentidos, levitando, saliendo por la ventana, comenzando a contemplar: árboles verdes claros, frutos rojos brillantes, margaritas amarillas, el cielo tan celeste y mi mente… Blanca. Blanca por un rato.