Nadie debe perder su libertad, aquella que está en el agua, en el viento.
El vaivén de los árboles y las caderas al ritmo de la corriente del río, purifican las almas.
Lanzando penas como piedras, en un bienestar antiefímero.
Nadie es dueño del sol, ni de las montañas.
Ni siquiera son míos los besos que no te di.
Cuando no existe mañana y no sabemos cómo será volver, refresco mis pies antes de emprender la caminata
Me suelto el pelo en el ocaso y te abrazo al amanecer.
Aún sabiendo que quizás no nos pertenecemos, que nadie se pertenece.
Porque nadie debe perder su libertad, aquella que está en el agua, en el viento.