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viernes, 7 de noviembre de 2008

Amores epistolares encontrados en algún cajón III

Cafayate, 18 de Octubre de 2003

Adorable Alexandra:
Hoy recordé que el mundo tiene otros colores, además de los que siempre usamos. Colores que siempre existieron, pero olvidamos de tanta porquería que inventamos.
También tengo para contarte sobre el aire… Deberías probar que bien se siente respirar este aire nuevo, que corre por mi sangre oxigenándola.
Y sí, mi amiga, así andamos… soltando un poco la cordura, al borde del filo sin cortarnos. Nos sentimos absurdos, y seguro muchos nos miren de costado. El temblor se hace pensamiento. Después de tanto sabor amargo, esta sensación dulce me alborota la piel. Y le pido, le pido cada día que me lleve por mis sueños, por caminos atemporales.
Cada momentito es un nuevo renacer.
Te agradezco por permitirme compartir contigo estos sucesos extravagantes.
Te llevo siempre en el alma,
Teresita.

jueves, 30 de octubre de 2008

Amores epistolares encontrados en algún cajón II

Mar del plata, 12 de Septiembre de 1992
Querida Eugenia:

Apenas la separación, y ya el cuerpo me pesa. Ya el alma se desploma. Pensando en ese artificio del concepto de distancia, creyendo que es lo que nos cambia, mientras el inconsciente coherente sabe que siempre vivimos igual de distantes.

Tú siempre sacas provecho. Comienzas a desplegar tus armas letales de seducción femenina, inagotables. Las desparramas por todos tus ámbitos sociales, buscando una nueva víctima. Y la encuentras, claro, pero no te alcanza, o no te sirve, y la abandonas.

Sabes bien de nuestras libertades, nuestros jueguitos circulares, sabes que tuvimos el tiempo suficiente para construir el refugio que más nos acoge, pero renegamos. Si ya me dijiste que no hay otro como yo, pero siempre con la misma tontera que te impide elegirme.

Oh, Eugenia… ¿Volverás otra vez, a las dos semanas, como en cada separación? Ya no juegues conmigo, me haces tan mal. Y somos tan cómplices, aunque siempre voy a echarte la culpa. No vuelvas, Eugenia, no me hables, no me llames, no me escribas.

Ay, Eugenia, por favor te lo pido, no me dejes, no busques otro hombre. Quédate conmigo, o sola, tal vez lo aceptaría. Pero no apoyes tus labios en otros ajenos, no acaricies otra piel. Euge, Eugenita, Eugenísima mía… ¿Será el amor esta locura?
Hasta siempre,

Claudio.

domingo, 26 de octubre de 2008

Amores epistolares encontrados en algún cajón I

Santa María de Punilla, 9 de Junio de 1980
Querido Rafael:

Te quiero tanto, cariño, cuando te vuelves adorable para mí. Podemos ser la luz de cada noche que no amanezca. Me muestras tu costado más dócil y olvido, por un rato, que quererte es no quererme.

Si ya me has repartido tus sobras y tu oscuridad, puedes cuidarme ahora, para que ya no sienta la obligación de huir. No sé si ya has visto el lugar que gané entre los tuyos, pero eso habla bien de mí.

Deberías saber de mi costumbre de ya no aferrarme a nada, salvo a este capricho de vos. Sueño con lazos nuevos para ti y para mí. Lazos que ya existen, y sentimos, pero más fuertes y visibles. Porque confío en que algo de sensibilidad queda en tu alma.

No dejes de mirarme, aún cuando el sol te queme las pupilas al hacerlo.

Efímeramente tuya,

Lucrecia.