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domingo, 6 de abril de 2008

En un soplo profundo

En un soplo profundo, hasta desvanecerse o acurrucarse. Un soplo de viento, una bocanada de aire. La presión en el pecho de un adiós, es el fuerte palpitar de la ansiedad capciosa, cuando la calma se absorbe en el intento de ser liberada. Nos ahogamos de sabernos desperdiciados, de no sentir nada nuevo al despegar la cara de la almohada. Es el temerario reflejo difuso ocultado, de un alma desganada. Resoplando el humo no se puede distinguir, cuánto color se esparce en las tinieblas. Las naranjas se exprimen jugosas, el perfecto dulce brebaje acido antes de soñar. Del estado de conciencia al de no-conciencia, durmiendo en modo de ausencia, sin distinguir aquel pasaje. Y ahora que sé que no me vas a volver a buscar, no sé si largarme a reír o gritar. Es ese cariño tan insólito insolente, que hace llorar ríos en silencio de oscuridad, mientras no deja de cantar. No es de dudar mi elocuencia, de la “S” hasta la “A”, debo estar armándome nueva, ahora de palabras. Mientras tanto, puedo emitir verdades hasta hundirme en el barro de las desquiciadas. Se pierde en el aire la mentira, se deshace en el aire la bondad, habrá que cultivarla, dejarla reír. Y volando en el aire, también podríamos encontrarnos, vibrar algo por ahí. Es la voz que cantan mis oídos, que hace eco en mi garganta y no encuentra por donde salir. Exhalar ilusiones a punto de estallar en tu puntualidad que exacerba. La proyección perfecta, el espejismo ficticio, el invento de la creación de lo que debe ser, contrastado con lo que es. Cuando el sueño acababa, era el bache para la reflexión. Cómo la distracción puede distraernos, hasta volvernos ciego el corazón. Cómo no nos inflamos de paciencia, cómo no nos quedamos inmóviles en el sitio justo. Cómo no nos amarramos, en vez de soltarnos, en vez de exhalarnos como al humo de un cigarro asesino, en vez de huir despavoridos por caminos remotos. Cómo no percibí, cómo nunca pensé en la existencia de la normalidad por sobre la utopía. Cómo no supe darme cuenta que la normalidad puede ser la verdadera interna revolución. Y si la lográramos, nos reinventaríamos en bellas utopías de normales en cada hermoso instante de una vida vivida en la superación del uno más uno, que es dos.




(Fotografía por Johnny Bibas)