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martes, 23 de diciembre de 2008

Más brillante que las estrellas


En un mundo inventado, en un país lejano, en una extraña ciudad, había un lugar que, desde lejos, brillaba más que las estrellas. Un lugar donde los nenes sólo soñaban (nunca dormían), donde las sonrisas se contagiaban y las lágrimas, antes de asomar, se secaban. Allí vivían muchos niños (y pocos grandes) en compañía de amigos muy especiales: mariposas curiosas, monos revoltosos y corazones soñadores.

Los días solían pasar ligero en la ciudad estrafalaria… Lunbardo, Martecol, Mirasoles, Jufres, Vientos… Pero cuando llegaba por fin el día Salado o Estampado o Soñado o Sábado (como también escuché nombrar por ahí) las mariposas volaban atolondradas, los monos saltaban por las ramas, los corazones cantaban felices y los niños… ¡Ay, esos niños! ¡Cómo disfrutaban de cada momentito mágico! Porque en ese lugar, había lugar para todo: Cenicientas, superhéroes y magos con asistentas; Colores, piruetas y canciones; Piratas que viajaban en barcos, cuadros coloridos y hermosas princesas; Pinceles, acuarelas y túneles mágicos.

Y cada cual que viajaba al mundo inventado, llegaba al país lejano, entraba en su ciudad extraña y conocía el lugar que desde lejos brillaba más que las estrellas, entendía que ya sus mañanas no volverían a ser iguales. Nadie, por más pequeño, por más anciano, podía olvidar la magia que revoloteaba por el aire. Algunos se quedaban a vivir, otros sólo iban de paseo y a unos pocos les llegaba la hora de volver a dormir a sus camas. Pero todos gritaban, cantaban, tarareaban, susurraban, bajito, alto, con fuerza, tímidos o con muchas ganas un himno que decía “Nuestro lema es disfrutar juntos en este lugar”.