
Comienza la función, y cada cual elige su disfraz. No queda atuendo para vestir sin culpa. Si siempre que somos lo que no somos, los cuerpos desprenden la verdad. Mendigos en sueños ajenos, pequeños reflejos que lucen como destellos en medio de tanta oscuridad. El sabor dulce, que se acaba a penas se comienza a saborear. El tiempo que nunca se hace esperar. No sobran los motivos, no le sobran ganas a los labios, no sobra nada que no se grite que falta. Y así quedamos, los equilibristas del desvarío, tan disfrazados, que nos percibimos desnudos.
Colgados de un piolín roto, cortado por un desfachatado, nos balanceamos por todos los extremos de nuestro espacio social, donde la distancia no existe sólo en el papel, es real.
Podemos flotar en la música, podemos flotar en la calma, pueden tus melodías sonar mejor si me acerco. Todos mis sueños caben en tu pecho. Si me pensaras un poco…
Y al final de la puesta en escena, la verdad que rompe con lo existente, o lo sigue enmascarando quizás. No hay aplausos que alivien la destrucción a causa de la exposición. Y nos bajamos del escenario, y nos cansamos de ser, también de parecer. Será mejor que guardemos las máscaras y caretas bajo el colchón. Será mejor que ya no programemos una próxima función.