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jueves, 19 de agosto de 2010

Tiempo de jugar, que es el mejor

Hoy cuando volví de la cena en la que inicié el día de mi cumpleaños número 25, encontré un volante en las escaleras de mi casa de una juguetería. A penas leí el nombre “Babylux autoservicio”, levanté el papel, porque supe de qué se trataba. Es una juguetería a la vuelta de donde era mi jardín de infantes, mismo edificio donde trabajo actualmente. Y si bien es un barrio cercano, el local no queda a una distancia razonable como para recibir su publicidad. Íbamos muy seguido con mi mamá a comprar regalos para amigos, para mi hermano, o algo para mí. Un día me compré un juego de masa, ahí vendían de los mejores, que era de un dentista. Con Kevin, decíamos que la cara del señor al que se le arreglaban los dientes, era igual al abuelo Miguel. A mi hermano, mucho no se lo prestaba el juego, para que no me mezcle los colores de la masa. Sobre todo el blanco, que era el fundamental para moldear dientes y muelas. Mientras levantaba el papel, pensé que muchas veces las cosas, los objetos, las ideas, están en un determinado momento y lugar por algo. Un algo que no siempre puede ser bien definido, pero que basta para que nos haga una cosquilla o nos estremezca. Esta vez tenía absoluta conexión con la temática que ocupó mi cabeza este mes de Julio, que fueron mis recuerdos.
El toca discos era un objeto que me gustaba, el único long play propio que tenía era el de los pitufos. Cuando tenía 2 años, “los Reyes Magos” me regalaron a Totón, un muñeco blanco del programa de Sofovich (?), y a la Barbie con vestido de novia (con esto pueden comprender los problemas susanezcos posteriores). Me gustaba juntar figuritas, de Frutillitas, Kitty, los Ositos Cariñosos… En Artigas tenía “El placar de juegos”, que cada vez que abríamos la puerta, corríamos el peligro de que algo se nos viniera encima. Ahí guardé clásicos como el “Come queso”, “Rompe hielos”, “Sencu”. Mis juguetes preferidos eran las Barbies y los Pin y Pon. Cada vez que deseaba jugar con alguno de estos, pasaba mucho tiempo armando las escenas. Si se trataba de la Barbie, tenía que armar toda la casa, la mesita con los cubiertos. Los Pin y Pon, tenían su ciudad: había una verdulería, un puesto de helados, todo en pequeño, una hermosura. Siempre sentía que tardaba más en armar, que en jugar dramatizando situaciones. Aunque las tecnologías (¡por suerte!) eran otras, también estaba presente la electrónica: El Dynacom, con juegos de dibujitos cuadrados. Mi preferido era el de los Pitufos. En la computadora jugaba al Nibbles, el famoso juego de la viborita. Me llevaban mucho a las plazas, donde siempre he disfrutado enormemente hamacarme. Aún siento una sensación de libertad al hacerlo. A mi papá le pedía que me hamaque fuerte para llegar al cielo, y yo estiraba con fuerza las piernas, lo más que podía, para intentar tocarlo con la punta de mis pies. En la plaza de Paternal, muy cerquita de donde vivo ahora, daba paseos en poni, de la mano de él porque me daba miedo. También comía copos de nieve, los cuales siempre los tenía que terminar mi papá porque eran muy grandes para mí y a la mitad me cansaba de comer. Era vitalicia de la calesita, el señor que la hacía funcionar y sostenía la sortija, nos saludaba al llegar. A veces íbamos al Parque Centenario, donde mirábamos un show de unos payasos Resorte, Pajarito y Damasco. Miraba películas repetidamente como la del Mago de Oz o dibujitos que grababa en la tele como el Inspector Gadget. Aún conservo como algo valioso, grabaciones de capítulos de “Grande Pá!”.
Y si hablamos, de jugar, por supuesto que ningún niño juega todo el tiempo solo. Una gran compañía en mis juegos, fue Eliana. Mi primer amiga, mi mejor amiga de la infancia. Pasábamos juntas todas las tardes en el jardín y jugábamos al salir también, pasando previamente por el kiosco a comprar Cepitas. Me encantaba ir a su casa, a su sala de juegos. Siempre nos hemos reído a carcajadas, contagiándonos una la risa de la otra. Una situación en la que ocurría esto, era jugando a lanzar las pantuflas para arriba y descostillarnos de la risa luego, al verlas salir volando.
Como el tiempo de jugar es el mejor, pero mucho mejor es si lo compartimos con otro, terminaré este capítulo con el aporte que Eli, esta persona aún tan especial, hizo a estas memorias: “(…) Pero sí se me vinieron algunos otros (recuerdos), compartidos con vos, con mi amiga más antigua. Esa foto en el balcón, me llevó a nuestros tiernos 4 años, jugando y chapoteando en tu piletita inflable, aquella redonda llena de dibujos. Pasábamos las horas allí, chapoteando y jugando a la guerra de agua. Recuerdo también, una seria disputa por una muñeca que C no quería devolver a su dueña, hasta que logramos sacársela. Después, paradas en la puerta de tu casa de Margariños, jugando a darnos; los abrazos más largos de todos, mientras nuestras mamás no cesaban de hablar. Y nosotras unidas por ese abrazo, difícil de cortar, difícil de olvidar. (…) Me alegra profundamente saber que aún estamos acá. Y que todavía hoy, nos podemos dar ese abrazo interminable.”

2 comentarios:

Amorexia. dijo...

es eficiente para saber a donde vamos, saber de donde venimos... olvidarse de jugar es un pecado imperdonable, llevo rato jugando a ser grande, y mis 25 quedarón atrás hace ya 7(los mejores de mi vida)ahora me toca jugar a ser otra cosa, pero siempre jugar...

Deshora.

Anónimo dijo...

Coincido en que mirar a Susana G. no hace nada bien. Ja. Nunca entendí porque Maria Leal le decía Chancles a las chicas. Quizás me perdí un capítulo, la pucha!, ja. A mi me gustaban las tortugas ninjas. Recuerdo que mis viejos nos hacían esconder a mi hermano y a mi para que los reyes magos entraran en casa. Después yo iba a ver en la calle, daba toda la vuelta manzana, pero nada... Es muy cierto que una vez que te dicen (o descubrís)que papa noel no existe ya no hay marcha atrás. Es pasar de lo mágico a lo real, como un balde lleno de cubitos de hielo. C.P