Para leer En Un Soplo Profundo en una plantilla adecuada a la pantalla de tu teléfono móvil ingresá a http://enunsoploprofundo.blogspot.com/?m=1

miércoles, 28 de julio de 2010


Mamá Sandra


Qué personaje protagónico, ¿no?, el de las madres de uno. Uno de esos que con sólo pensarlos, nos emociona. Quien comienza a construir nuestra identidad, historia, e inclusive la memoria que intento desplegar, desde los comienzos de nuestra existencia. Quien va modelando nuestra personalidad, antes que el entorno y luego junto a él. Cuánto material de psicoanálisis en todo esto. Seguramente, en el caso de las mujeres, vamos aprehendiendo las primeras cosas de nuestro género mirándolas a ellas. Y ese es un legado y un compromiso para las hijas, que a veces puede pesar más de la cuenta. Qué increíble pensar que mi mamá estuvo desde el primer momento, que nunca se le escapó ni un día, hasta hoy, de prestarme atención. Todas las mañanas cuando me levantaba, ella era la única que estaba en mi casa, yo la llamaba gritando “mami” fuerte, para que venga a darme el buen día. Cuando llegaba a mi pieza, me escondía debajo de las sábanas para que tuviera que buscarme, o despertarme si yo simulaba seguir durmiendo. Al encontrarme nos dábamos un abrazo fuerte, felices. Me hacía cosquillitas, o me movía las piernas como si hiciera gimnasia. Un día que estaba muy ocupada en sus labores, no había notado que me desperté. Entonces, siempre con mis ganas de llamar su atención, llevé una foto mía a la cocina, para que al verla se de cuenta que ya estaba levantada. Mi mamá siempre ha sido una gran cocinera, aunque somos pocas las personas que disfrutamos de este privilegio. Me encantaba llevar una silla en el lugar en el que se encontraba cocinando, arrodillarme para ser más alta y ayudarla. El olor a masa, me encantaba. También hacer los repulgues de las tartas o empanadas, igualitos a los de ella me salían. Cuando llegaba al jardín, reproducía todo lo que mi mamá hacía en mi casa, o en su curso de repostería. Incluso, jugaba a ser la conductora de “Utilísima”, explicándole al resto los pasos a seguir. En esa época, ella escribía poesías, anécdotas. Siempre buscaba sus carpetitas negras para leerlas. Hoy día cada vez que lee mi literatura, me dice que salí a ella, por el amor a la escritura. La verdad es que mi mamá y yo nos parecemos mucho más de lo que mi consciente acepta, y eso me asusta mucho. Otra cosa que de pequeña hacía con mi mamá, era acompañarla a la peluquería de Zule. En esa época, estaba bien ambientada a los años ’80. Todos los espejos, formaban un círculo, con diferentes espacios para que las clientas se sentaran. Me encantaba todo lo que allí sucedía, menos esperar a que nos atiendan. Algo que jamás cambió. De chica deseaba tener rulos, por eso, lo que más me llamaba la atención eran unos cables de goma que se usaban para hacer la permanente de rulos. Pero unos gigantes, no como los de mi mamá que eran chiquititos. Además ella siempre se hizo reflejos, por eso, Zule le ponía un gorro blanco de latex, y con una pincita, iba a sacando mechón por mechón a través de la goma. Verla con eso en la cabeza, me parecía muy divertido. Mi mamá Sandra es una fanática de los adornitos, los tiene de todo tipo. Los que más me gustaban eran unos mini electrodomésticos que funcionaban a cuerda. Tenía una licuadora, una tostadora, una enceradora… todo en miniatura. Ella maneja desde antes que yo naciera, por lo cual, siempre me llevaba en auto a todos lados, en el Fitito celeste. Los viajes en auto que más recuerdo son los de ida y vuelta al jardín, muchas veces con la Aba, o cuando las tres íbamos a la verdulería de Victor o a comprar carne a Bernabé. El viaje más divertido que hicimos fue uno en el que ella iba con toda la ventanilla baja, y yo desde mi asiento trasero, fui tirando por la ventana algunos de sus elementos del set de manicura que guardaba en un estuchecito de cuero. Ella estaba muy enojada, y me pedía que no tirara ninguno más. Por supuesto que yo de mientras me mataba de risa, y los pelos se me volaban porque entraba mucho viento. Otra gran constante entre mi mamá y yo por esos años, eran los fideos “Don Vicente” antes de ir al jardín, y los muñecos Pin y Pon que me compraba. Pero lo mejor, mejor de todo, era cuando íbamos de visita a la casa de la Aba y el Zeide, y eso era algo que sucedía a diario.


Papá Bernardo



Pensar de manera tan concentrada en todo lo que recuerdo con mi papá, también me genera emoción. Para mí es una de las personas más especiales del mundo. Lleva cierto hermetismo en su personalidad, pero logra expandirse por medio de acciones. Desde mis primeros años, fue el encargado de prepararme el desayuno cada mañana. Y en el comienzo, hasta lo hacía especialmente en la taza blanca que a mí me gustaba, que era igual a la que usaba mi abuela Valentina, su mamá. En los años de la primaria, además del desayuno, fue el armado de la vianda. Mis primeros libros, me fueron leídos por él, por eso, lo creo responsable de la fomentación de la lectura en mí, como mi mamá lo fue en la escritura. Los preferidos por mí eran “Rolita, la ardilla glotona”, “Osito Doctor”, “Martita, la colegiala”, “Blancanieves y los Siete Enanitos” y “Caperucita Roja”. También siempre nos gustó mucho la música y cantar. Grabábamos en casettes radios que inventábamos, cantando canciones infantiles, charlando, y siempre apretando el botón de “Pausa” para frenar la grabación, para que no se escuchara el ruido del botón del “Play” cuando se suelta al apretar “Stop”. Cuando viajábamos en el Fitito celeste, o esperábamos alguna cosa, me contaba las mejores historias que se le ocurrían. Trataban de comensales en un restaurante con un mozo torpe, que les tiraba los pedidos sobre la ropa. Aún recuerdo mis carcajadas con esos relatos, que mi papá debía repetir en cada oportunidad, porque eran de mi devoción. Siempre ha tenido un muy buen sentido del humor. Mi papá es abogado. Adoraba acompañarlo a su oficina o a tribunales. En seguida, pude retener su número telefónico para llamarlo cuando se encontraba trabajando. Siempre me gustó escuchar su voz, hasta el día de hoy me gusta levantar el tubo y sorprenderme escuchándolo. Y esto me refiere inmediatamente, a otra emoción que nunca cambió, y tiene que ver con la alegría que siento cuando al final del día, abre la puerta y llega a mi casa. Cuando vivíamos en Artigas y Camarones, en el 4to. 22, podía identificar según cómo cerraba la puerta del ascensor, que era él quien estaba llegando. Antes, y no voy a mentir que ahora un poco también, estar enferma significaba todo un mimo. En esas ocasiones, mi papá me traía un regalo. Cuando tenía alrededor de tres años, un día que estaba en la cama resfriada y con fiebre, me trajo unos chupetines “Baby Doll” y un espejito rosa con un peine haciendo juego, que tenían unos dibujitos de la época, de los cuales nunca supe el nombre. Recuerdo a mi papá mirando el mundial ’90 en un televisor blanco y negro pequeño que poníamos en la cocina. (El mismo que tiré a los dos años, cuando quise agarrar a los dibujitos “Mónica y sus amigos” que estaban televisando) Casi siempre él se encargaba de cortarme las uñas. Para hacerlo, agarraba mi manito, siempre pequeña, iba tomando cada uno de mis dedos, empezando por el dedo chiquito y diciendo… “Este dedo encontró un huevito, el otro lo cocinó, este lo peló, este le puso sal y el gordo inflón… ahm! Se lo comió”. Otra cosa muy linda que hacíamos juntos, era ir al cine. Mi papá me llevaba algunos sábados a un cine muy viejo, que quedaba en Flores. Me compraba maní con chocolate en cajita. Allí vi algunas películas como “ET” o “Aladín”. En esta última, él se quedó dormido y se enojó cuando lo desperté haciéndole algún comentario. Como suele suceder, no había percibido que él dormía. Además heredé de él ciertas torpezas como mancharnos la ropa al comer, desparramar arroz por la mesa, patear cosas que estén en el piso… En el departamento de Artigas, siempre nos llevábamos por delante una estufa que estaba antes de entrar al baño. Era de aluminio, por lo que hacía mucho ruido cada vez que, sin querer, la pateábamos. En ese baño, las baldosas eran blancas y tenían manchitas color bordeaux. Los dos jugábamos a observar qué figuras formaban las manchitas con un poco de imaginación, y cada vez que encontrábamos una nueva nos la comentábamos. Otra sensación que aún vivo como un deja vú, es la del sábado por la noche. Cuando llegaba este momento, mi papá ponía una radio de clásicos en inglés, y se generaba un climax que sólo se sentía ese día especial.

jueves, 22 de julio de 2010

22 de Julio, una loca con bufanda

Siempre vivencié esta fecha con un exceso de importancia y ansiedad exagerada. Empezaba a contar los días que faltaban para mi cumpleaños sesenta días antes, para que se den una idea. Esperaba ansiosa el momento, el año se dividía en el antes y el después. La noche anterior, nunca podía dormir, y a la mañana siguiente me despertaba mucho más temprano de lo normal. Y si mis padres aún dormían, me quedaba saltando, bailando, jugando exaltada en mi habitación. Ese día corría todo lo que fuera necesario, con tal de ser yo quien atienda el teléfono. Una vez me canté el “Feliz cumple” frente a un espejo muy, muy grande que teníamos en el pasillo. Hasta hoy necesito ver la fecha en el diario, para comprobar que es cierto que estoy transitando el único día en el año que me pertenece. El 22 de Julio siempre cortó transversalmente el desarrollo de mi vida cotidiana, en época de vacaciones, guantes y bufanda.
Uno de los recuerdos más tempranos remite a mi cumpleaños de un año, del cual tengo imágenes sueltas, como ser el día que mi tía Claudia me regaló los zapatitos negros acharolados. Fueron entregados en una cajita, en la casa de mi tía abuela. Brillaban mucho. De ese primer cumpleaños, recuerdo unos almohadones de colores y algunos regalos como un teléfono con rueditas. Puedo decir que tengo mínimo un recuerdo por cada 22 de Julio. Del día que cumplí 2, memoricé que me regalaron a mi muñeca Yanina, un bebé con carrito que me acompañó toda la infancia. Vivíamos en un departamento en la localidad de Saenz Peña, sólo hasta ese año. De allí tengo imágenes de mi cuarto, especialmente del día que trajeron la cama nueva en la que iba a dormir, para dejar la cuna. También recuerdo la cocina, y el comedor con algunas visitas, y un tío sentado en el sillón jugando con un organito muy chiquito que tenía. En el tercer cumpleaños, mi mamá me hizo una torta de Alf. Recuerdo cómo la preparó y decoró con una manguera de glassé, tal como había aprendido en su curso de repostería al que la acompañé varías veces, disfrutando de observar todo lo que allí realizaban. Ese día soplé las velitas con todos reunidos en mi comedor de Artigas y Cesar Díaz. Lo que remarqué siempre de mi cumpleaños número 4, es que fue el último que pasé junto a mi abuela Margarita, “Aba” apodada por mí cuando no me salía llamarla. A los 5 tuve una torta de frutillitas, preciosa, tenía gomitas en forma de frutillas, con un cabito verde de plástico. No aguantaba hasta soplar las velitas, para comer esos caramelos ricos. Mi tía me compró una ropa muy linda: un pantalón negro a lunares grandes y un buzo negro y verde. A los 6 me peinaba con una colita muy alta, estilo despeinada. Para ese día me había comprado unas calzas, un buzo largo con parches, y usaba unas zapatillas de lona botitas. Muy parecida a la moda actual. Mi mamá estaba embarazada de Kevin, mi hermano, pero yo aún no lo sabia. Los 7 años los festejé en un salón, con un buzo con estampados fluor y nuevo hermanito. Los 8 fueron en una cancha de Paddle, el deporte “boom” del momento. A los 9 mi mamá me organizó un cumple sorpresa, que fue animado por mi prima Mariné...

Los sueños de un ser noctámbulo

De pequeña me gustaba cambiar la almohada de lugar, sobre todo cuando me tocaba dormir debajo de la ventana. Y entre las maderas de las persianas salía un poco de la luna por las noches y el sol en las mañanas, entraba un aire fino imprescindible para respirar cuando acechaba el calor en la ciudad. Esas noches me costaba mas dormirme que de costumbre. Buscaba tácticas como inventar historias y mis propios cuentos, con el chico que me gustaba, hermanos mayores o un perrito que pasear. Y cuando con eso no alcanzaba, había que probar poniendo la almohada donde van los pies, rotar y probar esa nueva postura. Taparse con las sabanas, sacar una pierna para que tome aire, o dejarla colgando de la baranda de la “cama marinera”. Siempre me gustó dormir escuchando el silencio de la noche, y en la casi perfecta oscuridad. Por más que a veces inventara figuras en las sombras, que retrasaban un poco más la conciliación del sueño. Pero siempre tan noctámbula. Confieso que durante muchos años creí que mi madre hasta mis siete años durmió sola, ya que mi papá dormía todas las noches, toda la noche conmigo. Como es de esperar, sólo se quedaba hasta que me dormía. Se impacientaba cuando tardaba en dormirme, o cuando me movía mucho para sacarme las medias. Cada tanto le tocaba el brazo, para comprobar que siguiera ahí, que no me hubiere dejado sola. Los días de mucho frio, me ponía todos los pijamas y camisones que tenía, uno arriba del otro, para estar más abrigada, y porque siempre ha sido divertido ser exagerada.