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martes, 13 de abril de 2010

Para que cante la vida, toca su caja la muerte


Dónde se escapa la vida cuando se esconde.

Dónde se busca la palabra que ya no asoma,

Los ojos que ya no revolotean mirando quién habla al oído.

Dónde se guarda la entereza que ayer fue vivacidad.

Dónde rebota la voz inexistente que me nombra en diminutivo, silenciosa.

La lágrima de mi padre que me roza el alma, cortándola, filosa.
Dónde la muerte camina con la vida y le deja el paso, para que siga galopando.

Así voy a recordarte siempre, como si aún charláramos de la telenovela de la tarde, y riéramos de algún chisme, o alguna cosa absurda. Porque siempre fue la risa, me llevo tu risa. Y los puntos a dos agujas que me enseñaste, y el pullover al que le hiciste el cuello por mí cuando no me salía, los pantalones que me cortaste. La máquina de coser, que también te gusten Los Redondos, el día que puse música y dijiste "A mí me encanta este Manu Chao”. El viaje en tren a Mar del Plata, para que pueda ir al recital de Los Piojos, las bolsitas para jugar al Tinenti, los paños de agua helada para la fiebre. Tus ganas de llevarme de viaje, el arroz con pollo, el té con leche, las galletitas Lincoln, la torta de manzana más rica, la avenida, el pañuelo en el cuello para nuestras gargantas sensibles, tu nombre que tiene melodía, tus rasgos que llegaron hasta mí.
Eternamente gracias por el acto heroico, por tendernos tus dos manos cuando más las necesitamos. Te abrazo por siempre, abuela Valentina.

Sabrinita.

2 comentarios:

blasblog dijo...

todas estas bellìsimas cosas se quedan en el alma, como legado de nuestros seres queridos que ya no estàn...
un abrazo
Blas

Natys! dijo...

Hay que bello lo que escribiste, creo que es mi primera visita a tu lugar y lograste emocionarme con tu sincero homenaje.
Un cariño.