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miércoles, 22 de julio de 2009

Despabílate, Sabrina

Hace 24 años le eligieron un nombre que signifique “princesa”, y eso le dio sentido a todo el resto.

Sabrina siempre se refugia en sus letras, buscando algún sol valiente que le queme la piel, que la ayude a espantar oscuridades de sobreviviente. Sabe que sólo otro enjambre podrá anudarla a la tierra, haciéndola superar la unidad que ha formado con su propia materia. Creció sin darse cuenta, aunque siempre le dolió alejarse de su infancia. Los años le trajeron exigencias, puro remolino de ideas, un avatar en la mente. Lleva una sensibilidad que muchos no comprenden, o por sombríos no llegan a ver. Y, a veces, hasta ella quiere despojársela. Olvidó los consuelos tontos y, ahora, necesita un nuevo despertar, para seguir soñando sin distorsionar realidades. Para inmunizarse por completo de este mundito, siniestro y efímero, cambiante, por elección, por empuje. El despertar ya está instaurado en su mente, en sus letras, y ahora sólo piensa en hacerlo despabilar.

Sabrina sintió las convulsiones dentro, cómo se morían en ella, en un desarme de gratitud y regodeo. Volviendo a sí misma, que no era más que aquella sin pudor, ahora calma. El vértigo que busca la cumbre, volvería por su cuerpo al día siguiente. Entonces, vio la lluvia en el vidrio, en gotas, en surcos, como líneas delgadas, como átomos explotados. Miró por ese vidrio y no había nada más del otro lado, sólo el movimiento de cómo garuaba, un recorte exquisito del resto de la perspectiva.

Otro Julio invernal la encuentra casi fría, descorazonada, aunque aún conserva el calor típico de su alma, volátil como su espíritu. Apacible, como pocas veces. Para ya no contar más los cumpleaños que se acercan. Para seguir transitando, sin percibir al calendario desarmarse, pudiendo amar y olvidar en un sólo paso. Sin la necesidad de nada más que su propio peso y levedad.

Sabrina despierta una mañana, y percibe cuántos colores se han mezclado, cuántas almas no volvieron y cuántas otras nunca se fueron. Despierta una mañana, y siente que el viento ya no es el mismo, ni el fulgor de sus ojos color miel, ni siquiera el rubor de las mejillas, ni sus labios gruesos al amanecer.

viernes, 10 de julio de 2009

Color blanco imposible

Hoy tan cansada de la rutina, de las preocupaciones reales e inventadas. Tan cansada de provocar problemas a causa de mis pensamientos escurridizos e incesantes (rebuscados), he tomado una gran decisión inédita: Dejar de pensar. Pensar en nada. Y yo, la más imposibilitada de todas para blanquear mi mente por un rato, voy a lograrlo. Seguiré los pasos precisos hasta conseguir lo que ya ha dejado de ser imposible.

El primer paso será vaciar mi habitación, hasta de mi hermano enfermo de anginas. No deben quedar rastros, ni recuerdos. La pintaré de blanco, toda, incluso el suelo.

Próximo paso, tomaré una ducha y, por cada gota que caiga, un pensamiento se me irá por la rejilla. Al terminar, recolectaré todos los rollos de papel higiénico que encuentre. Me enrollaré todo el cuerpo, cual momia en el antiguo Egipto, pero manteniendo cierta movilidad.

Por último, vuelvo a mi habitación, abro la ventana y me desparramo por el piso hasta camuflarme con sus paredes, hasta ser las dos tan inexistentes, vacías y blancas como insulsas palomas en una plaza abandonada.

Todo está listo y se siente encantador. Trato de recordar algo, pero no quedan recuerdos en mí. Sólo creo escuchar una voz llamándome por un nombre que no logro distinguir. No pienso nada. No soy nada. Sólo un cuerpo exagerado de sentidos, levitando, saliendo por la ventana, comenzando a contemplar: árboles verdes claros, frutos rojos brillantes, margaritas amarillas, el cielo tan celeste y mi mente… Blanca. Blanca por un rato.