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jueves, 19 de febrero de 2009

Felicidades


Siempre había días en los que no quería volver ahí. Pero volvía, indefectiblemente volvía. Intentaba de todas formas contener mis impulsos, detener mis infinitos pensamientos, someter la costumbre al cambio. Porque no hay cosa más horrible que correr hacia un sitio oscuro fuera de sí, fuera de mí, sabiendo las consecuencias, ignorándolas.

Ese día, una vez más, no quería volver ahí. Pero volví, caminando sigilosa, sabiendo que algo podía ocurrirme, con un poco de esperanza de que ésta vez no. No me alerté, “el que tanto busca, encuentra”. Y una vez que sucede, una vez que ingreso y encuentro, el retorno es casi imposible.

Comenzaron a sonar los magitiurnos, como llamo a esas melodías, y la escena se volvió confusa. Quise sentarme, siempre lo hago cuando encuentro un lugar, pero me levanté sobresaltada cuando los lavarropas que estaban debajo de mí, y no los advertí antes, se encendieron. Corrí a la otra sala, donde me entregaron la gran maqueta de cuero ya terminada. Algunos me esperaban fuera, pero no podía salir, no era fácil. En ese mismo lugar, a unos metros de distancia, un gato me acechaba. En sus facciones veía el deseo de morderme, de arañarme, de lastimarme. Pude huir de él.

Una vez lejos del gato verde, animal que detesto, pude reflexionar. Pude reaccionar en medio del aire endemoniado, a pesar del deseo cumplido, que ya tal vez había perdido trascendencia de tanto haberlo provocado. Pensé que a veces la soledad pasa a representarse por la calma, y la compañía por la desesperancia. Sin cordura todo era tan efímero, como un soplo de aire cálido en ese zaguán falto de oxígeno. Estaba tan amarrada a esos dolorcitos en el alma, injustificados, urgentes.

Todo giraba hace tanto rato, que no podía pensar en frenarlo de repente. Las despedidas me carcomían la mente, aunque aprendí del silencio, del estar conmigo misma. Cerré los ojos, respiré profundo, y cuando los abrí… ya estaba fuera. “Felicidades Señora, bienvenida al mundo ¿real?”.

Y ahí me encontraba, en una de esas tardes que tiene Febrero, que siempre nos quita días de sol. El cielo era del mismo color, no había aire sin huida, ni más amor sin vuelta. Aún así tomaste mi mano, percibiendo por dónde había estado vagando. Y nos fuimos, cruzando la avenida, dejando al mar de fondo, a buscar nuestro sol. (Para que al menos ese, nadie pueda quitarlo.)