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domingo, 27 de abril de 2008

Pobre Anastasia, la pobre


Pobre Anastasia, se sentía tan fea a veces. Pobre, siempre esperando. Anastasia era la princesa de los nadies, de los que caminaban distraídos. Anastasia. Pobre.
Como una ilusa, se ilusionaba cada vez que una estrella fugaz cruzaba el cielo (y más seguido también). Lloraba por cada imagen archivada, por cada momentito que ya no iba a volver.
Nunca pudo dejar de preocuparse por sus despreocupados.
Anastasia… igualita a un espantapájaros. Pero sabía a frutillas (con jugo de naranjas).
Pobre… Aunque en verdad, no siempre fue tan ingenua. Ella supo lastimar también, de tantas ganas de vivir, de tanto miedo de quedarse sin tiempo.
Juega a ser la celestina, la fabrica de sonrisas, la mejor consejera.
Imagina los castillos que no le sientan. Sueña con sus príncipes de colores. Piensa en otras vidas.
Un día se fue a un parque de diversiones que siempre extrañó. Y no volvió más. Pobre la pobre de Anastasia.

martes, 22 de abril de 2008

Locas tan locas

Cómo se siente, ya no sentir que hay un lugar adonde ir. Si cuando todo me queda incómodo, ya no queda más que gritar, a ver si hay quién me pueda liberar. Y es buscar dónde encajar, volviéndome a incomodar, en el preciso instante equivocado con las malditas presencias que me dejan en la más triste desolación, para luego transformarlo todo en desesperación. Es querer, por un rato, no bailar al compás de los desquiciados y callar a los demonios desenfrenados. Es hacer fuerza para no soñar al dormir, con aquellos momentos que, sabemos, no vamos a revivir.

Despertar cada día en el encierro que me deja aquel espacio estrecho. Como si no quisiera recordar, que no me pueden visitar, mientras siga habitando ciudades con casas con muchas puertas y pocas llaves. Como si las horas jugaran a apurarme, mientras se empeñan en demostrarme que aún no es posible entender que ya nunca jamás va a volver.

Es esperar la sonrisa que alivie la tensión que me arranca los pelos y la impaciencia que me chasquea los dedos. Es volverse tan, pero tan loca, que ya me veo volar a la par de las mariposas, corriendo descalza por las nubes, saltando charcos, pozos, piedras azules. Es volverse tan loca, que subo al cielo de un solo salto y me columpio en hamacas violetas con gusto a frambuesas. Tan loca que la lluvia no me toca, ni me moja, y el sol no me dora la piel. Tan loca que lloro, río, y no nos veo, entonces me vuelvo y me pierdo en mi mundo inventado de locas tan locas que lloran rosas rojas, y ríen sueños de colores nuevos.

viernes, 18 de abril de 2008

Tiempo de perder el tiempo

Cuánto tiempo para perder un sueño.
Cuánto tiempo para cesar una condena.
Cuánto para no volver sobre tus pies.
Cuánto para no idealizar caprichos.
Cuánto tiempo para renacer.

No es posible correr ni a favor ni en contra del tiempo.
No hay lugar recóndito dónde no esté.

El tiempo en el que cae una hoja, el tiempo de lectura en el sillón, el tiempo que marca el reloj, el tiempo en el que se seca una lágrima, el tiempo en el que se cocina tu arroz, el tiempo en el que canta la voz, el tiempo en el que ya no duele el dolor.

El tiempo es excusa. Engaña, pero no miente. Me acerca y me aleja de vos. Sólo porque corre nos aferra, y su paso nos arruina la ilusión. Es tope, pero no es parámetro. El tiempo puede ser renovador o destructor.

El tiempo agobia, persigue, presiona, apura.

El tiempo nos recuerda cuánto tiempo queda para ya no poder decir adiós.

martes, 15 de abril de 2008

Oh, la gota

La gota de lluvia que choca con el toldo.

Justo cuando creemos haberlo visto todo, algo nos sacude.
Y nos descubre.

Y ahí andamos entre el tironeo y el conformismo.

Brindando por las buenas excusas, bien recibidas.

A veces ocurre que se naturalizan hasta las palabras,
y terminamos por olvidar para qué se usaban primero.

Entonces, también, metemos oraciones donde no caben.

Pero que nos divierte tanto hacerlas caber.

viernes, 11 de abril de 2008

Nueces y alcauciles

(Para el amor y para el olvido)

Rostro de domingo, natural, más bello. Siempre le gustaron esos ojos cuando miran con restos de delineador negro. Tantas siestas la observó, durmiendo destapada, en el horario imperfecto. Le dice que ya no quiere más tickets de cine sobre la mesita de luz, los recuerdos le son abrumadores, lo vuelven un maldito paranoico. Ella sabe que todavía ingresa donde no debe, que siempre desperdicia atardeceres, dibujando flechas, para relacionar relaciones ya relacionadas. Se esconde en la cocina, donde a menudo llora cortando cebolla. Luego su pañuelo rojo le seca las lágrimas y trata de rescatar las nueces para el amor, a la vez que desmenuza alcauciles para el olvido.

Una vez afuera, cultivan la reciprocidad en el mundo. Van hacia donde los inviten, hacia donde se les ocurra. Ríen si descubren un cúmulo de no haber tenido tiempo. Se cachetean suave cuando aprietan las muelas. Sólo ellos, juntos, juegan a los juegos de la memoria, desplegando sus amores narcisistas. Son como chicos que necesitan encontrar un lugar, invirtiendo, en cada plaza, los roles de desamparado – amparador. Y cada vez que se agachan se anudan tobilleras con mostacillas de madera.

Siempre vuelven a la hora de la sopa con fideítos. Cada vez que se sientan, ella desea que la acaricie desde la distancia de su silla. Se produce el concurrido silencio. Soledad asumida, murmura él. Soledad declarada, le contesta ella.

martes, 8 de abril de 2008

Los ropajes de la paciencia

Calculando cada accionar para no equivocarse, le fue siguiendo el paso.
La espera al acecho, soñando que no la desea.
Jugando a que el tiempo no lo apura, se carga los ropajes de la paciencia.
Y escribe para no estallar, y canta para no pensar…

Teoriza sus palabras, analiza cada gesto.
Destiñe los colores de la armonía y dibuja puentes quebradizos.
Jugando a que el tiempo no lo apura, se carga los ropajes de la paciencia.
Y escribe para no estallar, y canta para no pensar…

domingo, 6 de abril de 2008

En un soplo profundo

En un soplo profundo, hasta desvanecerse o acurrucarse. Un soplo de viento, una bocanada de aire. La presión en el pecho de un adiós, es el fuerte palpitar de la ansiedad capciosa, cuando la calma se absorbe en el intento de ser liberada. Nos ahogamos de sabernos desperdiciados, de no sentir nada nuevo al despegar la cara de la almohada. Es el temerario reflejo difuso ocultado, de un alma desganada. Resoplando el humo no se puede distinguir, cuánto color se esparce en las tinieblas. Las naranjas se exprimen jugosas, el perfecto dulce brebaje acido antes de soñar. Del estado de conciencia al de no-conciencia, durmiendo en modo de ausencia, sin distinguir aquel pasaje. Y ahora que sé que no me vas a volver a buscar, no sé si largarme a reír o gritar. Es ese cariño tan insólito insolente, que hace llorar ríos en silencio de oscuridad, mientras no deja de cantar. No es de dudar mi elocuencia, de la “S” hasta la “A”, debo estar armándome nueva, ahora de palabras. Mientras tanto, puedo emitir verdades hasta hundirme en el barro de las desquiciadas. Se pierde en el aire la mentira, se deshace en el aire la bondad, habrá que cultivarla, dejarla reír. Y volando en el aire, también podríamos encontrarnos, vibrar algo por ahí. Es la voz que cantan mis oídos, que hace eco en mi garganta y no encuentra por donde salir. Exhalar ilusiones a punto de estallar en tu puntualidad que exacerba. La proyección perfecta, el espejismo ficticio, el invento de la creación de lo que debe ser, contrastado con lo que es. Cuando el sueño acababa, era el bache para la reflexión. Cómo la distracción puede distraernos, hasta volvernos ciego el corazón. Cómo no nos inflamos de paciencia, cómo no nos quedamos inmóviles en el sitio justo. Cómo no nos amarramos, en vez de soltarnos, en vez de exhalarnos como al humo de un cigarro asesino, en vez de huir despavoridos por caminos remotos. Cómo no percibí, cómo nunca pensé en la existencia de la normalidad por sobre la utopía. Cómo no supe darme cuenta que la normalidad puede ser la verdadera interna revolución. Y si la lográramos, nos reinventaríamos en bellas utopías de normales en cada hermoso instante de una vida vivida en la superación del uno más uno, que es dos.




(Fotografía por Johnny Bibas)