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viernes, 11 de abril de 2008

Nueces y alcauciles

(Para el amor y para el olvido)

Rostro de domingo, natural, más bello. Siempre le gustaron esos ojos cuando miran con restos de delineador negro. Tantas siestas la observó, durmiendo destapada, en el horario imperfecto. Le dice que ya no quiere más tickets de cine sobre la mesita de luz, los recuerdos le son abrumadores, lo vuelven un maldito paranoico. Ella sabe que todavía ingresa donde no debe, que siempre desperdicia atardeceres, dibujando flechas, para relacionar relaciones ya relacionadas. Se esconde en la cocina, donde a menudo llora cortando cebolla. Luego su pañuelo rojo le seca las lágrimas y trata de rescatar las nueces para el amor, a la vez que desmenuza alcauciles para el olvido.

Una vez afuera, cultivan la reciprocidad en el mundo. Van hacia donde los inviten, hacia donde se les ocurra. Ríen si descubren un cúmulo de no haber tenido tiempo. Se cachetean suave cuando aprietan las muelas. Sólo ellos, juntos, juegan a los juegos de la memoria, desplegando sus amores narcisistas. Son como chicos que necesitan encontrar un lugar, invirtiendo, en cada plaza, los roles de desamparado – amparador. Y cada vez que se agachan se anudan tobilleras con mostacillas de madera.

Siempre vuelven a la hora de la sopa con fideítos. Cada vez que se sientan, ella desea que la acaricie desde la distancia de su silla. Se produce el concurrido silencio. Soledad asumida, murmura él. Soledad declarada, le contesta ella.

1 comentario:

el tipo dijo...

SE REFLEJA EN ESTA PROSA HERMOSA, LA LUZ QUE IRRADIA LA MEDIA LUNA DE TU SONRISA

BRILLA QUE VOS SABES SABRI!

PAULINHO